TALLER DE ESCRITURA "A ORILLAS DEL BU REGREG" DEL INSTITUTO CERVANTES DE RABAT

Bienvenidos a «A ORILLAS DEL BU REGREG», el blog de los integrantes del TALLER DE LECTURA Y ESCRITURA CREATIVA, un curso especial que realizamos desde hace ocho años en el INSTITUTO CERVANTES de RABAT (MARRUECOS). En este espacio damos a conocer los EJERCICIOS DE ESCRITURA que se proponen en clase y que realizan nuestros alumnos, aunque también publicamos colaboraciones de nuestros lectores.

Muchas gracias por leernos y por compartir vuestras opiniones.
Ester Rabasco Macías (profesora del Taller)

Nuestro canal en YouTube: A ORILLAS DEL BU REGREG https://www.youtube.com/channel/UCOxmhYlix9perGlx2QEioag

CONSULTA NUESTRA PROGRAMACIÓN 2017-2018:

https://drive.google.com/file/d/0B058JyBmRRpaQTMyTzVWNUdOTjA/view

En el taller...

En el taller...
Aquí estamos, un día de mayo de 2016...

IMÁGENES DEL TALLER

IMÁGENES DEL TALLER
Comentando un cuento...

jueves, 19 de abril de 2018

«DICEN...» de LILIUS

Dicen...
Sería fantástico que los corazones no sintieran el dolor,
que el tiempo pudiera borrar la cicatriz del amor.
Sería una pena que el llanto enterrara la sonrisa
y que la tristeza dominara los momentos y la felicidad huyera deprisa.
Sería injusto que los que dieran mucho recibieran menos
y que el infierno terrenal fuera solamente para los buenos.
Estaría bien que cada uno tuviera la llave de su corazón
y que la escondiera como tesoro entre las manos de la razón.

LILIUS
Rabat, abril de 2018.

«SINFONÍA DE DESEOS» de ZINEB MARIA BEZZAZ



Que los latidos de tu corazón sean un sinfonía,
que cada uno de tus pasos sea el comienzo de un vals,
que el verde nunca se vuelva apagado,
que no exista ni gris ni negro, ni mezcla del mal con lo bueno.

Que los pájaros te puedan contar lo que vean,
que las flores tus compañeros de vida sean,
que las películas no tengan protagonista,
ni guerra, ni drama, ni última escena.

Que el canto de los pájaros te despierte cada mañana,
que los rayos del amanecer te hagan cosquillas,
que tu alma nunca pierda su inocencia,
que la bandera blanca sea tu sábana en la cama.

Que los viajes nunca se acaben,
que las llaves no existan,
que el viento pueda llevarte a otro lado,
que las puertas que se cierren no tengan cerrojo.

Que tus principios sean tu arma,
que tu sombra sea tu mejor amiga,
que tus cicatrices te arranquen el pasado,
que los tornados te cambien en carillones de viento.

Zineb Maria Bezzaz
Rabat, 18 de abril de 2018.
Poema inspirado en la canción «Noches de boda» de Joaquín Sabina y «Ojalá» de Silvio Rodríguez.

martes, 17 de abril de 2018

«LAS LÍNEAS DE LA MANO» de FATINE SEBTI



De una mano tendida para estrechar otra mano, sale una línea que evita milagrosamente un aplastamiento que era seguro, y lanzándose a la nada, aterriza al borde de la oreja de Mickey Mouse con zapatillas color malva. Avanza por el suelo y luego desaparece. Pero basta pensarlo un segundo para entender que está cruzando la alfombra de alta lana blanca. Reaparece por el otro lado de la habitación, sube por la pata del piano, se pierde entre las notas de una partitura de Chopin, dibuja las caderas de un florero polvoriento, se tambalea entre los pliegues de la cortina para alcanzar por fin el marco de la ventana abierta. Desciende cautelosamente el muro y llega a la calle.
Avanza por la vereda, sube por la rueda de la bicicleta de un cartero de camino a la oficina de correos. Allí baja por sus zapatos negros como se baja de un taxi y sigue su camino. Rampa con determinación, cruza la calle mientras el semáforo está verde y casi un coche la machaca, gira por el gran bulevar y entra en una floristería, zigzaguea por el mostrador y se cuela entre las flores del ramo amarillo que el señor está a punto de llevarse. El hombre muy apresurado se echa en su coche y conduce con mucha prisa. Diez minutos más tarde, lo aparca, coge el ramo y, sin cerrar la puerta, corre hacia la entrada del gran tribunal. Sin aliento alcanza una mujer y le aprieta el hombro. Un abrazo, un feliz cumpleaños, una sorpresa, un te quiero y nos vemos luego. La línea inquieta sale de la flor más alta, recorre el brazo de la mujer, baja por su falda y llega al suelo brillante. Avanza rápidamente, sin vacilar, sube por la enorme barandilla, entra en la sala del juicio número 3, se abre camino entre muchos pies, sube por un despacho imponente, rampa hasta la hoja y se funda en ella marcando el mensaje que le faltaba al juez que, en ese instante, iba a pronunciar la sentencia de muerte del hombre inocente.

Fatine Sebti
Rabat, 17 de abril de 2018
Actividad inspirada en “las líneas de la mano” de Julio Cortázar.

«MI MADRE» de HIDALGO


Esa heroína que nunca ha salido en la tele, ese médico que nunca ha trabajado en un hospital, ese abogado que ha sido siempre mi defensor, todas estas maravillas mi madre me las da y no solo éstas, miles y miles más.
Mamá, me diste la vida y me entregaste tu amor, me enseñaste que no hace falta ver a alguien para quererlo y me lo demostraste durante nueve meses.
Trato de darle explicación a tu belleza, esa belleza que amo y que quiero mucho. Tu alegría gratuita y que das a quien se la merece. Tu sonrisa y tu mirada, tus actos, tus defectos y virtudes. Todo es perfecto si se trata de ti.
Mujer trabajadora, fuerte y luchadora, mujer leal. Te he visto levantar un imperio tú sola y he visto tu empeño para evolucionar como persona, y darlo todo por lo que están a tu alrededor.
Me has enseñado a quererme, a ser fuerte y sobre todo a afrontar los problemas. Me has enseñado a evitar cualquier cosa que podía perjudicarme. Y es que mamá, ¿qué haría yo sin ti?
Me has ayudado, aguantado cuando más insoportable estaba. Tú has sido mi manual de instrucciones en esta vida, me has dado lo que nunca nadie podrá darme, tus palabras sinceras y tu amor incondicional.
Tú eres quien me impulsa a ser lo mejor de mi cada día, me has hecho fuerte, me has enseñado a valorarme y a pasar de las opiniones y críticas de los demás.

Hidalgo
Rabat, 17 de abril de 2018.


viernes, 13 de abril de 2018

«MI PRIMERA OBRA DE TEATRO» de ASSIA EL OUALIDI


Me acuerdo del primer día en que participe en la fiesta de final de curso, era la mejor manera de reunir a las personas que habían compartido buenos momentos con nosotros. Yo tenía una sensación extraña, perdí el apetito por la comida, el día anterior tuve serios problemas para dormirme y luego me desperté en varias ocasiones ansiosa en la mitad de la noche, además también estaba mareada, lo cual no solía sucederme. No quería quedarme en casa y decidí caminar hasta la hora del último ensayo de la obra, antes de ser presentada frente al público por la noche.
Entré en la sala a la hora acordada, era enorme, con butacas llamativas de color rojo, en el escenario había un piano y otros instrumentos musicales, como la guitarra eléctrica, todo estaba cuidadosamente organizado, vino el electricista con otros artefactos electrónicos y también con un televisor y un DVD. Pero yo no sentía confianza en mí misma, ya no recordaba nada sobre mi papel, me sentía inquieta, tenía la lengua pastosa, la cara me chorreaba de sudor, las manos se me humedecían y, encima de todo, lo peor era que me sentía separada de mí misma y de los demás. Sin embargo, aún quedaban varias horas por delante, así que pronto empecé los ejercicios con mis amigos y mi maestra, que supervisaba el ensayo desde hacía un mes. Practicamos muchas veces de forma que pude descubrir mis puntos débiles antes de la presentación, pero hasta el momento no había llegado a lo que quería porque sufría de un problema de concentración. Era inevitable cometer errores, las reglas señalaban para cada participante un papel definido y un momento concreto para intervenir, el problema era que yo olvidaba dónde debía empezar, se trataba de una cuestión de concentración. Lo peor de todo fue cuando vi un gran cartel anunciando el espectáculo con mi foto y la de mis amigos, porque entonces sentí la responsabilidad que tenía de lograr el éxito.
Ensayamos durante muchas horas, mi papel era el de una guerrera de combate que había caído en manos del enemigo, tenía que entrar lentamente y seguir el ritmo de la música de un pasodoble, sin cruzar la vista con las personas que asistían al ensayo… Así que levanté los brazos arriba con el rifle, moví mi cabeza de reptil y agaché el cuerpo como si fuera un pez buscando comida en el agua, después caminé hasta el centro del escenario y bailé al compás de la música con una amplia sonrisa, entonces hice la técnica del piccolo que consiste en juntar energía entre las palmas de las manos y me lancé al suelo con mi cuerpo de rana y las piernas separadas, luego volví a mi cuerpo original y me levanté rápidamente del suelo. En ese instante, con las botas y el casco, era como un bombero que luchaba contra el fuego. Tenía a mi favor todo lo que había ensayado en el escenario para que la gente no pudiera criticarme…
Después la sala empezó a llenarse, yo entré con mis amigas en el camerino para descansar un rato, me sentía muy agobiada por andar metida en aquel uniforme de guerrera y porque hacía un calor horrible. De vez en cuando echaba un vistazo desde detrás de la puerta , la sala estaba llena de gente, ya se acercaba el momento de salir a escena…. Y de repente empecé a sentir dificultad al respirar, tensión muscular, miedo al fracaso, pérdida de concentración...
Al escuchar el sonido de la música, tomé el arma y entré con un ritmo constante, acorde con la música. Mientras me movía y bailaba, me sentí reconfortada y más calmada, vi las caras del público como si fueran cáscaras de huevos, después me dirigí hacia mis amigos y todos nosotros interpretamos nuestros papeles perfectamente, y aunque en alguna ocasión olvidamos alguna palabra, cada uno de nosotros completaba las palabras del otro sin sentir la presencia de los espectadores.
Al terminar la obra, estallaron los aplausos. Me sentí orgullosa por las miradas de admiración, lo cual aumentó mi alegría por estar ante aquella amable audiencia.

Assia El Oualidi
Rabat ,27de marzo de 2018
Actividad de escritura basada en el motivo de la historia de “Mi primer concierto” de Felisberto Hernández.

"FRENTE AL PÚBLICO" de AHLAM K.


A veces me parece que los años se diluyen como lo hacen los trocitos de azúcar en un tazón de café caliente. Y mis recuerdos de hace mucho tiempo me parecen tan cercanos como si fueran cosas de ayer. Eso me pasó con la primera presentación de una obra de teatro en la que participé. Me acuerdo de que, con mis compañeros de clase, para practicar más el español, decidimos hacerlo. Y entonces elegimos una obra de Fernando Arrabal llamada “Picnic" que es una obra teatral muy breve que denuncia lo absurdo que es la guerra a través de absurdos personajes. Juntos hicimos muchos ensayos y todo fue muy bien.
Pero un día de ensayo, en clase, la profesora invitó a otros alumnos del centro para asistir. Al principio nos pareció una buena idea. Montamos la decoración del escenario, que consistía en un mantel en el suelo, y colocamos  encima platos, vasos, zumo de naranja y la cesta del picnic.
Un rato antes de empezar, llegaron los profesores y alumnos de otras clases y, en ese momento, todo cambio en mí. De repente me sentí mal, estaba mareada y los latidos de mi corazón enloquecidos. Mi temperatura empezó a subir, y yo me puse más roja que un tomate. Me decía a mí misma: Ahlam cálmate, cálmate, que lo hemos repetido mil veces y siempre ha salido muy bien. Sí, pero ahora ya ni me acuerdo de una palabra y con toda esa gente mirándome pierdo el control. Tenía la sensación de que mi sangre iba a brotar de mis mejillas o incluso de mis orejas. Todas las miradas se dirigían hacia mí, ¿será por mis pantalones? ¿O mis cabellos se habrán despeinado? Sentí de repente una sed increíble, tenía la garganta seca como si hubiera caminado en un desierto durante días sin agua.
Yo desconfiaba de mí misma, esa era la verdad. Miré y sonreí a mis amigos para sentirme mejor, pero me parecieron igual de miedosos y desconcentrados que yo. Pensaba que esa gente, que estaba tan cerca, se estaba burlando de mí y de mi aspecto. Me sentí ridícula con aquel casco de bicicleta de mi hijo en la cabeza y aquella pistola de plástico colgada en mi cuello con una cinta azul. Después, me encontré con la dificultad de tener que hablar en público; me quedé en blanco, fija como una piedra, escuchando las palabras de mis compañeros que intentaban recordarme mi papel. Yo les escuchaba esperando que los golpes de tambor que sentía en el pecho se calmaran y deseando recobrar mi temperatura normal.
Empecé a actuar, el primer acto era una escena que debería expresar el miedo frente al soldado enemigo, pero yo de verdad sentía miedo, pero era el miedo a los espectadores, a esas miradas desconocidas. Sin pensarlo más, cogí la pistola y me puse de pie. Mis piernas no pudieron cogerme, mis manos temblaban como una hoja colgada en un árbol tras una breve corriente de aire. Respiré profundamente y empecé.    

Ahlam K.
Rabat, abril de 2018 
Actividad de escritura, tras la lectura de "Mi primer concierto" de Felisberto Hernández.

«LA VECINA COJA» de ANASTASIO GARCÍA


Golpes de bastón, pausados y lentos, me anuncian que se acerca y como cada mañana “saludo a la anciana vecina cojaal verla pasar delante de mi puerta. Son ya tantos los años que ni me acuerdo cuando entré por primera vez en esta portería, años conviviendo con el vaivén de los vecinos, viéndolos subir o bajar estos tres peldaños que llevan al rellano y que se ha convertido hace ya bastante tiempo en una especie de sala de espera en la que la mayoría de los vecinos tienen que detenerse para recuperar fuerzas después de escalarlos.
Pasos cansados, sin apenas levantar el pie del suelo, la conducen hacia esa frontera, a veces, infranqueable. Una vez llegado al abismo comienza la verdadera aventura. Cogerse a la baranda con el miedo del que cuelga de una cuerda en un puente. Levantar el pie tembloroso, colocarlo con firmeza en el escalón y verificar que toda la planta está dentro del mismo para asegurarse una parte del éxito de esta aventura. Es la primera etapa de esta odisea. Una vez conseguido, viene la siguiente parte; la de impulsarse para elevar el peso del cuerpo hacia arriba. Y es el otro pie, en este caso, el que interviene iniciando el movimiento con el despegue de talón del suelo. Con el pie que primero se ha apoyado hay que empujar hacia abajo para forzar los músculos de la pierna que son los que ayudarán a ascender la escalera. Todo este juego de malabares se repite tres veces con la precisión y lentitud de un relojero suizo. Tres veces son las que el engranaje tiene que ponerse en marcha y tres veces son las veces en que la impotencia se apodera de ella. Un pequeño patio interior comunica todos los apartamentos de la finca cuya salida al exterior son estas tres escaleras y un pequeño pasillo que conducen a la puerta. A veces pienso que estos tres peldaños se han convertido en los barrotes de una celda privando de libertad a algunos vecinos. Antes todo era vida, los niños, las risas, los vecinos y las verbenas que organizaban en el patio algunas noches. Daba igual que hiciera frío o calor, que fuera invierno o primavera, el caso era divertirse. Ahora todo es silencio y oscuridad. El edificio agoniza con sus dueños.
Mi vecina coja sale hacia su peregrinación diaria, lo que le hace vivir en los últimos años, sobre todo desde que subieron a su marido por estas tres escaleras. El ritual ha empezado bien pronto por la mañana. El pelo largo y enmarañado se transforma en un moño, lenta y pausadamente se va recogiendo el pelo. Una vuelta y otra y otra vuelta. Las manos le tiemblan. Lentamente continúa con la impronta de los años en los huesos. Ve a Antonio reflejado en el espejo. Está sentado en el borde de la cama. Lleva unos pantalones marrones un poco veraniegos, camisa blanca almidonada y un chaleco marrón a cuadros pequeños. Solo le falta colocarse el sombrero y la chaqueta y estará listo para salir. Ella hace como si no se hubiese dado cuenta. Le brillan los ojos y una sonrisa se dibuja en el rostro de su marido. El pelo negro y encerado resalta sus profundos ojos oscuros. Esta mañana el moño se resiste, le tiemblan las manos. La mirada de Antonio le desata unas cosquillas que le recorren todo el cuerpo, y es que la pureza de su mirada es la de los ángeles. Antonio se mira las manos, estudia sus finos dedos. Seguro que se está imaginando las melodías que pueden salir de ellos cuando se siente en el piano. Ella siempre ha pensado que formarían un buen dúo aunque sus géneros fueran diferentes, combinar lo clásico con lo pagano. El arte con el arte. Otra vuelta y una última tal y como se lo había enseñado su abuela Rosalía. El pelo bien tirante y el moño bien apretado hacen de una mujer alguien bastante respetable y elegante. Esa era la consigna de su abuela.

“El mango del bastón
se encoge a cada paso.
Intuimos el dolor”

Y es que cada mañana después de su ritual sale a la calle, a veces acompañada por Fátima  sus manos, sus pies y últimamente su cabeza y se deja llevar, Ramblas abajo, a pesar de que sus pies parezcan algunos días que se han enraizado en el suelo impidiéndole avanzar. A veces cada paso le cuesta una lágrima, un suspiro o incluso la vida y es que los años de farándula, de cante y baile pertenecen bien atrás al siglo pasado. Lejos quedaron los aplausos y las ovaciones tras noches de éxito. Esas noches se sucedieron durante algunos años hasta el fatídico día en que todo se apagó, el día que hubiera dejado de respirar sino fuera porque la respiración es un mecanismo reflejo.
Paso a paso y lentamente, va avanzando abriéndose camino entre voces, gestos y palabras en mil idiomas. Pasa por los quioscos antes habitados por la Fabiana, la Carmela o María la de Sevilla.

“La única hoja que queda en el otoño
baila en la calle
la danza de las mujeres solas.”

Y es que todas se fueron marchitando poco a poco, como las flores que vendían, hasta que se secaron. Mujeres luchadoras. Allí estaban impertérritas día tras día, como los plataneros que crecían a ambos lados viendo pasar las horas a la espera de algún enamorado o de alguna celebración, no siempre festiva, que requiriera unas flores.
Mi vecina coja avanza con esfuerzo y dificultad. A veces tiene la sensación de que el suelo succiona sus pies y le impide levantarlos. Un impulso, un esfuerzo lento y pausado hace que vaya recorriendo camino. Poco a poco, como el agua que perfora las piedras va avanzando. De vez en cuando se detiene para poder continuar y es que las fuerzas se disipan con cada paso.
No hay nada, solo sus amigas floristas y unas cuantas personas deambulando. Los coches son escasos y el sol se abre paso entre las jóvenes hojas de los plataneros. Hace una tarde agradable de principios de primavera, va cogida del brazo de Antonio y pasean lentamente, disfrutando de las caricias, del sol y del viento que se empeña en desbaratar el moño. Su hijo revolotea a su alrededor, carreras y risas invaden su espacio. No tiene que tardar mucho, en dos horas tiene que estar en el teatro. El último espectáculo está siendo un éxito y el nombre de María Palacios empieza a ser universal. Se siente feliz, colmada de vida. Su hijo, Antonio y los éxitos la llenan por completo. Se dice que tiene que ir a Santa María del Mar a poner una vela a la virgen para agradecerle tanta dicha. Quizás mañana cambie el itinerario del paseo y lo haga aunque le gusta pasear por las Ramblas, ya que siempre están vestidas de fiesta. Los quioscos de flores y la alegría de su gente la hacen especial.
Antonio está guapísimo con su traje marrón que se mezcla con la calidez de la tarde. Se siente dichosa. Más que los aplausos, lo que la reconforta es su presencia. Su hijo vuela de abajo a arriba y de arriba abajo deteniéndose ante cualquier cosa que le llame la atención.
El ruido de una sirena le hace salir de sus pensamientos. Nota la mano de Fátima sobre su brazo advirtiéndole de un pequeño orificio en el suelo que le hace desviarse un poco de su trayectoria. Comienza a divisar el horizonte detrás del dedo de Colón, ese horizonte que nunca cruzó, en donde todas sus ilusiones desaparecieron como el humo en el agua. Ese día se marchitó como después lo hicieron la Fabiana y todas las que le siguieron.
Poco a poco se acerca y el mar se va dibujando en sus ojos. Allí se parará y pensará en lo que nunca pudo ser. Han sido días de nervios y de emociones. Ese nuevo continente, el señalado por Colón, es el destino. Hay que cerrar algunos contratos y él está impaciente por partir. Ella irá un poco más tarde, cuando acabe su contrato en el teatro del Liceo y emprenderá una gira que empezará en Argentina, pasará por México y terminará en Nueva York, la ciudad que inspiró a su admirado Federico a escribir sus poemas.
Aunque ella no lo conoció, sus padres le contaban sobre las tardes de verano y primavera que habían pasado en la huerta de San Vicente debajo de la parra que cubría la entrada de la casa. Le contaban cómo Federico tocaba el piano embelesándolos a todos y cómo su padre, algunas veces, se arrancaba a bailar. Su padre, miembro de una de las familias de gitanos más conocidas del Sacromonte era un artista consagrado que había bailado en los escenarios más importantes del país. La boda de sus padres fue un escándalo, toda Granada habló de ellos durante meses y es que no podían imaginar, ni menos creer, que la hija de los Venegas hiciese ese tipo de casamiento.
La familia de su madre, que proviene de musulmanes conversos de tiempos de los Reyes Católicos, siempre había y ha disfrutado de buena posición y de dinero. No en vano forman una de las familias más antiguas de la Granada católica. Sangre árabe y gitana se unieron y dieron como fruto cinco hijos. Ella, la más pequeña, había heredado el arte de su padre y la belleza de su madre. Había crecido en un Carmen a los pies de la Alhambra y disfrutado de los tiernos días de primavera hasta que Antonio se cruzó en su camino, un joven catalán que conoció en el teatro Isabel la Católica cuando apenas contaba con veinte años. Él era el pianista y tras el espectáculo se encontraron en la cena organizada para tal evento y allí fue donde comenzó todo.
Antonio partirá en tres días. Se volverán a ver en Buenos Aires en un mes. A ella le quedan dos semanas para cerrar la temporada en Barcelona y luego partirá hacia su debut en América y allí quiere triunfar como ya lo hicieron otras antes que ella.
Sus pies parecen ruedas de carreta atascadas en el lodo. Moverlos es como levantar mil toneladas. Esta mañana se ha levantado mal. Le duelen a rabiar. Sus articulaciones apenas le permiten moverse y los músculos están rígidos y no obedecen a sus movimientos. De vez en cuando una especie de descarga eléctrica asciende y le recorre la columna vertebral llegando a la cara y dibujándole una mueca de dolor que se ahoga en un suspiro. Se sienta a descansar a los pies de Colón para poder emprender el camino de vuelta. Es casi mediodía y llegar a casa le costará un poco más de media hora. Mañana, si sus pies se lo permiten, repetirá el paseo como lo hacía cada día del brazo de Antonio.
Todo el teatro está en silencio conteniendo la respiración. Una luz blanca comienza a dibujar su silueta en el escenario. Poco a poco asciende sobre su cuerpo envolviéndola de un aura celestial. Va vestida con un traje negro y ajustado hasta las rodillas en donde empiezan a nacer los volantes, también negros, hasta rematarse en una cola de un poco más de un metro. El pelo recogido en un moño, un ligero maquillaje y unos pendientes de oro y brillantes en forma de aros regalo de su madre resaltan sus delicadas fracciones.
La guitarra empieza a sonar por bulerías componiendo acordes fiesteros y alegres que invaden el escenario durante unos minutos. Poco a poco la música y ella se van fusionando, estableciendo una comunión mística que la hace elevarse a los cielos. Los acordes de la guitarra suenan como  voces angelicales y su cuerpo empieza a estremecerse y se tensa comenzando la danza que la llenará de gracia y la transportará al edén. Las manos acarician el aire y su cuerpo se retuerce al compás de la música. Comienza el baile y toda la tensión acumulada empieza a disiparse con cada paso y vuelta. Su nivel de concentración es tal que ni siquiera se da cuenta que el silencio absoluto cubre el teatro. Siglos de arte se muevan a su compás. La rabia, fuerza, energía, el sudor y las palabras de miles de generaciones salen por sus poros. En ese momento no se siente nadie, sino únicamente la transmisora del vigor y el brío de los pueblos, de las gentes y su cultura. Su corazón late al mismo ritmo que la guitarra y el público vibra a cada paso y movimiento.
Tras unos minutos besando el aire comienza el taconeo con su cuerpo. Se inclina hacia adelante ganando estabilidad y velocidad. La fiera está preparada para atacar al público. Apoya los dedos del pie en el suelo quedando el tacón por encima, en el aire y de un golpe brusco, de forma seca y con fuerza, deja caer el peso del pie en el suelo sonando un taconeo rítmico y continuo. La guitarra ha dejado de gemir y es ella la que con sus pies lleva todos los acordes de la danza.
El tacón cada vez golpea más rápido y seguido sintiéndose subir, ascender, levitar. Su cuerpo se retuerce, su alma se le escapa, no se siente dentro de ella y poco a poco empieza a alcanzar el éxtasis, el trance.
El ritmo de su taconeo y palmas se incrementa, se agranda, se amplia, se acrecienta, se intensifica, se potencia, se multiplica haciéndola transportar al clímax, al summum, a las puertas del paraíso. Taconeo, palmas, palmas, taconeo, taconeo, taconeo y palmas. No siente nada, solo su respiración y de pronto…
…un látigo y una descarga eléctrica le recorre todo el cuerpo dibujándole una mueca de dolor infernal en el rostro. Siente que algo le ha pasado, se siente confusa. Siente el tobillo desgarrado, roto, que ya no es suyo. No puede respirar ni tampoco mantenerse en equilibrio. Siente el frío de las tablas sobre su cuerpo y un grito de dolor, el más desesperado de todos los gritos de dolor sale de su boca.

“Un cielo sin nubes
remeda su tristeza.
Los días han dejado de brillar.”

Anastasio García.
Finales 2017-principios 2018.
Actividad basada en el poema “MI VECINA COJA” de GABRIEL ALEJO JACOVKIS.


miércoles, 11 de abril de 2018

“TU SUERTE ESTÁ EN ISPAHÁN”, por ZAKIA ADLI


Al evocar el nombre de Ispahán nos llegan imágenes de ensueño, un mundo maravilloso, de hechizos colores azules, de príncipes y princesas, de mercaderes, de alfombras voladoras, de puertas y puertos que invitan a la aventura.
Para penetrar en el reino de la poesía de Natalia Carbajosa, se invita a un viaje fantástico… donde se recorren senderos oscuros hacia la iluminación, igual que en el viaje iniciático. En la búsqueda de la suerte, la poeta se basta a sí misma, sin necesidad de ninguna compañía, nutriéndose de pocos libros (una habitación a la que mesa, ventana y unos pocos libros bastan).Se entra a este mundo poético por la puerta de Ispahán para descubrir sus calles, sus palacios, su mezquita y su mercado, colores y olores, telas sedosas que acarician el sueño.
El poder de la palabra nos lleva a espacios y tiempos lejanos que embrujan al lector, como en los cuentos de La mil y una noches. Los poemas tienen una estructura que se parece a la de los cuentos de Sheherazade, y su final queda en suspense, para suscitar la curiosidad del lector.
La persona debe emprender un viaje hacia lugares lejanos antes de comprender que su suerte puede estar muy cerca. El camino de la suerte es largo y arduo pero está lleno de enseñanzas. Los cuentos sirven de hilo conductor en el libro de Natalia Carbajosa: las historias del hombre que huye de la muerte viaja hasta Ispahán donde el destino lo atrapa. Y el hombre que viaja a El Cairo para buscar el tesoro, mientras que su tesoro se encuentra cerca de él, en Ispahán, en su propio jardín bajo la higuera.
Mediante palabras ensartadas como un collar de perlas, el viaje hacia el reino poético de Natalia Carbajosa nos envuelve, como en el mundo de los sueños, en una atmosfera mágica. El estilo es sencillo y profundo, lo cual me recuerda a la poesía de los sufíes musulmanes. Hay un paralelismo entre la idea del destino y del viaje en busca de la fortuna. En los dos cuentos clave a que se alude, el tesoro se encuentra muy cerca de uno mismo, como en el viaje iniciático.
He disfrutado la lectura de “Tu suerte está en Ispahán” y admiro la fuerza de las palabras escogidas como piedras preciosas para llevarme a esa aventura literaria y a la inteligente idea de mezclar el cuento con la poesía.
Para terminar, quiero citar un versículo del Corán que habla de la fuerza de las palabras: «Di: Si el mar fuera la tinta para las palabras de mi Señor, se agotaría antes de que las palabras de mi Señor se acabaran, incluso si trajéramos otro tanto.» (Corán, 18:109)

Zakia Adli.
Rabat, 10 de abril de 2018.
Impresiones sobre el libro: «Tu suerte está en Ispahán” de Natalia Carbajosa.


martes, 10 de abril de 2018

«LOS TRENES CUENTAN HISTORIAS» de FATINE SEBTI


Siempre me pareció buena idea subir a un tren.
Los largos trayectos en coche me aburren. Pero en el tren y con otras personas, es diferente. Porque la espera teje conversaciones entre desconocidos que nunca se hubieran hablado si se hubieran cruzado por la calle y que seguramente nunca volverán a encontrarse. A veces la conversación resulta interesante, rara, o sencillamente agradable. Y sobre todo, hace que el tiempo acelere el pulso.
Los trenes son una especie de túneles (en movimiento) en el espacio y en el tiempo. Y a través de los túneles se ven las cosas distintamente; se consideran con más detenimiento. Y cuando mirando por la ventana se piensa en cómo pasa la vida allí fuera, con esta rapidez de la que no nos damos cuenta cuando formamos parte del paisaje, se piensa con más lucidez.
O sea que los trenes ofrecen una agradable propensión a la contemplación. De uno mismo, de su vida, del paisaje o simplemente de los compañeros de compartimento.
Y en el viaje del que quiero hablaros hoy, tuve unos compañeros especiales que contaron hechos apenas creíbles pero que hicieron temblar mis convicciones racionales y lógicas, y que me hicieron pensar que tal vez entre el negro y el blanco hay más de cincuenta tonos de grises.
Aquel día, el cielo lloraba con una lluvia incesante y muy densa que golpeaba las ventanas del tren como suplicándonos que le permitiéramos entrar. Me dejé llevar por el espectáculo de las gotas agarrándose al marco de la ventana, pensando en unas frases que había leído unos días antes: “Tristes gotas, redondas inocentes gotas. Adiós gotas. Adiós.”
Como no soportaba estar sentado en contradirección en el tren y ver el trayecto al revés, cambié de compartimento para sentarme en la dirección adecuada.
Allí solo había hombres: tres jóvenes treintañeros y dos hombres mayores. Al entrar, entendí que los jóvenes estaban en plena conversación animada. Me instalé cómodamente, lleno de esa paz interior que me da el orden lógico de las cosas. Sentarme en el lado opuesto me da siempre una sensación de lucha, de ir a contracorriente y lo peor de todo es lo siguiente: el horizonte que hay delante de mí ya forma parte del pasado. Descubro el camino solo cuando ya lo ha sobrepasado el tren. En aquel instante, allí, en mi nuevo compartimento tenía una amplia vista del porvenir.
Estaba perdido en mis pensamientos cuando la voz de uno de aquellos señores me llamó la atención.
“Siento la intrusión, pero lo que su amigo dice no es algo imposible. Quiero decir que a mí me pasó algo muy parecido ya hace años. Y no creo que tengan ustedes una razón válida para no creerme tanto como yo para mentirles. Nos separa de nuestro destino un amanecer y tres bosques. Así que os cuento mi historia.”
Era aquel señor elegante. Parecía ser un gran intelectual con sus gafas modernas. Y aquellas pocas canas en su pelo castaño le daban la credibilidad de un juez. Hablaba sin prisa, y escuchar su voz grave y tranquila era tan agradable como dejarse caer en un colchón de seda. Así empezó su historia:
«Yo había terminado mis estudios de medicina cuando me enviaron a Argelia para una misión humanitaria de la Cruz Roja. Alquilé un pequeño piso en Orán, en un barrio popular. Entonces vivía solo, y en aquel entonces era un joven tímido, introvertido, siempre más a gusto con mis libros y pacientes que con la gente. Si me cruzaba con algún vecino, bajaba la cabeza, y al decirle “hola” tocaba mis gafas en el centro como para subirlas y aceleraba el paso como si tuviera prisa. Y aunque entendía bastante el árabe, dado que había vivido una gran parte de mi infancia en Egipto, fingía no entender una palabra. Así evitaba todo contacto posible. Todo iba bien hasta el día en que alguien llamó a mi puerta por la noche, hacia las nueve. Abrí, era una chica joven que se presentó como la hija de los vecinos de abajo y dijo que su madre, Kabira, me enviaba la cena. Tenía las mejillas pintadas y la sonrisa de un sapo. Balbuceé algo para decir que gracias, que ya había comido, pero no me hizo caso, puso el plato sobre la mesa, me deseó buenas noches y se fue corriendo.
Más tarde, se repitió varias veces la misma escena sin que yo pudiera evitarlo. Un mes después, yo ya había comprendido que yo le gustaba a la chica, que se llamaba Djamila, y que ella había decidido lograr su objetivo. Para mí, la situación era complicada; Djamila no me gustaba nada, pero no tenía el valor de decírselo de una manera decisiva y concreta. La timidez le da a uno una debilidad poderosa. Lo que no pensaba era que la cosa podía volverse aún más complicada. Pero me equivocaba. Además de las visitas de Djamila, que ponía los ojos dulces al verme y que encontraba siempre un motivo para rozar mi chaqueta, mi mano, o mis cosas de la mesa, un día vino a decirme que sus padres me invitaban para desayunar el domingo y que no aceptarían ninguna excusa. Así que fui el domingo con la intención de quedarme lo mínimo posible.
Kabira, a quien yo veía por primera vez, me pareció una mujer poderosa. No había ninguna huella de antigua belleza en su cara. Sus ojos pequeños y hundidos, de un azul casi fluorescente estaban rodeados de un khol muy negro. Y lo más raro era que cuando sonreía, sus ojos solo reflejaban un abismo de frialdad y dureza. Su mirada me daba escalofríos.
Todos sus gestos eran lentos pero seguros, daba la impresión de que el mundo y las cosas existían para cumplir sus deseos. Cada vez que intentaba despedirme, me decía con una sonrisa: quédate hijo, de qué sirve subir para quedarte solo, dame tu taza, te calentaré el té, y con sus ojos casi me absorbía el alma.
Nunca supe qué sabor había tenido la comida aquel día, no dejaba de sudar y me costaba tragar. La conversación daba a entender casi abiertamente que querían que me casara con Djamila. Que ella cuidara de mí, y ellos de nosotros dos. Me mantuve amable hasta el final, aunque tenía ganas de gritar que Djamila no me gustaba, que no sentía ni sentiría nada por ella, que no tenía ninguna intención de casarme y que me dejaran en paz de una vez por todas. Pero en lugar de esto, me salió una sonrisa fabricada y le dije a Kabira: “Es el mejor té que he bebido jamás, señora”. Pero eso sí, no me arriesgué a cruzar su mirada espeluznante con la mía.
Eran las once y media de la noche cuando me dijo "Pareces algo cansado hijo, ve a descansar a tu casa, y gracias por haber venido", pero sus ojos decían más bien esto: "Ahora que yo te lo digo, vete, y que entiendas de una vez por todas que la que manda soy yo".
Salí sudando, con el sentimiento de haber dejado allí dentro diez años de mi vida. Mientras subía las escaleras, tome la firme decisión de buscar otro piso, irme de allí y no volver a ver a aquella familia rara nunca más.»
El señor elegante, respiró profundamente, sacudiendo la cabeza como para decir “Ah, si lo hubiera sabido…”, y nosotros lo mirábamos con un silencio religioso, una impaciencia brillante en los ojos y pendientes de sus labios. Algunos largos segundos después, volvió a hablar por fin.
«Djamila desapareció unos días, y pensé con alivio que tal vez habían entendido que yo no estaba interesado. Llegué a sentirme ligero y libre. Y me olvidé de la idea de cambiar de piso, sobre todo porque estaba muy cerca del hospital donde trabajaba.
Solo que unas semanas después, oí el timbre de la puerta hacia las ocho de la tarde. Sorprendido, fui a abrir y me encontré con toda la familia frente a mí. Kbira y Djamila traían mucha comida y me decían “Mira cómo has adelgazado, necesitas una mujer que te cuide, hijo mío”. Y el padre trajo “unos cigarros cubanos exquisitos para después de la cena” y me lo dijo hablando como si estuviera programado para hacerlo, con la mirada apagada. Invadieron mi casa sin que yo pudiera hacer nada.
Se movían como en su propio espacio, y yo me sentía un invitado en mi propio piso.
Después de la cena y unas copitas, me sentí más relajado. Y dejé de mantenerme en guardia.
Kabira quemó unos inciensos muy agradables. El olor de la comida desapareció y yo me quedé algo aturdido y extrañamente de buen humor. El padre me estaba ofreciendo un cigarro cuando Djamila vino con una pequeña foto mía que estaba sobre mi escritorio, elogió lo guapo que parecía en ella y me pidió con los ojos dulces si podía quedársela. Asentí.
Se fueron sobre las once de la noche y yo fui directamente a la cama, con un cansancio inusual, muy grande.»
El señor se quitó las gafas, tomó aliento, un trago de agua y lentamente, como si no existiríamos, cerró los ojos un instante antes de volver a hablar, sin abrirlos al principio.
«Cuando me levanté a la mañana siguiente noté que el póster de Penélope Cruz no estaba en la pared, pensé que Djamila era fan de la actriz y se lo había llevado sin avisarme. Y no le di más importancia al tema. Me sentía alegre y ligero. Tomé una ducha, me peiné con cuidado, me puse mi perfume y bajé las escaleras silbando una melodía de Antonio Molina. Al salir del edificio me crucé con Djamila. Estaba cambiada. No me lo podía explicar, pero me pareció más bonita. Tenía un aire familiar, como si me recordara a alguien sin que yo supiera a quién exactamente. Como sea, Djamila empezó a gustarme cada día más. Y como no subía más a mi piso, empecé a visitarla en su casa. Las cenas de Kabira eran muy ricas y frecuentes.»
— Menuda historia señor, pero ¿qué tiene que ver con la mía?
El señor siguió hablando ignorando la pregunta.
«Kabira, por su parte, nunca perdía una ocasión para insinuarme que era ella quien mandaba. Que me controlaba. Al principio, solo con la mirada y en pequeñas cosas. Por ejemplo, no me podía ir hasta que me lo dijera ella, y comía en su casa las cosas que yo aborrecía como las patatas dulces y el zumo de remolacha.
Un día me envió a Djamila para decirme que tenía que bajar para ver a su abuela enferma que había venido para vivir con ellos. Pensé que era urgente, entonces tomé mi maletín y bajé con el pijama puesto. Pero la mujer, aunque mayor, parecía estar en buen estado de salud. Controlé su tensión arterial y su ritmo cardiaco. Me pareció simpática y amable. Entonces le dije a Kabira que su señora suegra estaba muy bien, y que yo estaba encantado de conocerla.
Ella me lanzó su sonrisa sin alma y me estrechó la mano para despedirse de mí, y entonces su mirada infernal se apodero de mí y no sé cómo, pues no puedo explicármelo, me dio la orden de matar a su suegra. Me quedé atónico e incapaz de reaccionar o de moverme durante algunos segundos. Cuando por fin solté mi mano de la suya, estaba congelada. Aquella noche no dormí, la misma frase se repetía en mi cabeza: mátala, mátala, mátala…
Lo que me aterrorizaba era que aquello era un orden y que yo no tenía elección, tenía que hacerlo. Una vez Kabira me miraba, yo me volvía como un autómata listo para obedecer.
Empecé a pensar en la manera más adecuada de matar a la inocente anciana. No podía dejar de pensar en que iba a arruinar mi carrera, mi futuro y sobre todo mi alma. Pero nada me podía parar.»
— Antoni, ¿lo ves? ¡¿lo ves?! Te dije que si no hubiera estado bajo el control de ese charlatán ¡nunca hubiera hecho algo así! Pues, señor, es lo mismo que me pasó a mí. ¡Por fin alguien me podrá creer!
— ¿Y usted la mató? —preguntó el que parecía llamarse Antoni.
Y otra vez aquel señor prosiguió sin hacerle caso a su auditorio.
«Volví al día siguiente para hablar un rato con la anciana. Quería conocer mínimamente a mi futura víctima. Charlamos un poco mientras Kabira y su hija preparaban la comida. Intentaba saber si sufría de algo para prescribirle un medicamento, pero con una dosis oportuna que acabara con ella. O tal vez administrándole directamente algo en la sangre, así sería más rápido y más fácil.
Pero en aquel momento empecé a preguntarme si de verdad estaba yo bajo su control o si la idea era mía, si yo mismo tenía un lado oscuro que se estaba revelando o si todo era fruto de mi imaginación. Kabira nunca había pronunciado una palabra que insinuara que yo estaba obligado a beber su zumo repugnante, ni las patatas dulces y aún menos que matara a su suegra. Así que la duda empezó a roerme el corazón. Pero si todo aquello era falso, ¿por qué quería yo matar a la suegra? Si hubiera querido matar a alguien, seguro que habría deseado matar más bien a Kabira. Eso sí.
La voz de la suegra me sacó de mis pensamientos. Había percibido “una enorme cucaracha voladora” y se puso fuera de sí. Tenía una gran fobia a esos insectos, me dijo Djamila, que había venido corriendo al oír los locos gritos de su abuela. La cucaracha agitaba sus alas y la abuela se agitaba de la cabeza a los pies. Como el insecto estaba en un rincón del techo y no había ninguna escalera en la casa y los gritos de la anciana se volvían insoportables, subí sobre una mesilla de noche que se puso a temblar bajo el peso de mi cuerpo. Era tan antigua y su madera tan frágil que se rompió y mi pie se quedó allí atrapado.  Caímos la mesilla y yo, y yo grité de dolor por los trocitos de madera se habían hundido en mi piel.
La puerta de la mesilla calló y las cosas que había dentro rodaron por el suelo. 
De repente, la suegra dejó de gritar, Djamila puso su mano en la boca para ahogar un grito y yo al ver los horrores que caían del mueble me olvidé de mi dolor y de mi pie sangrando. Un olor nauseabundo invadió la habitación. La mesilla de noche estaba llena de fotos fijadas en la madera con chinchetas. Fotos de diferentes personas, pero yo reconocí solo las mías y las del padre de Djamila. La chincheta estaba fijada en mi ojo izquierdo y la suya en la boca. Había muchos ejemplares de fotos con símbolos raros marcados sobre las caras, pelos pegados y bordes quemados. Me acerqué, una foto mía estaba cosida con un hilo negro con a otra de Djamila por un lado y a la cara de Penélope Cruz por la otra. Inmediatamente me di cuenta de que Djamila me recordaba a Penélope Cruz desde hacía un tiempo. También había frascos pequeños con líquidos dentro y etiquetas con nombres fuera. Me tapé la nariz con la mano. Djamila estaba petrificada. La abuela se olvidó de la cucaracha y esta voló libremente y salió de la habitación.
En cuanto a mí señores, tuve miedo. Si, miedo de verdad. Y sentí la urgencia de encontrarme en otro sitio lejos de aquellas rarezas.
¿Qué hice? Pues dejarlo todo y huir de allí. Sin preocuparme de nada, sin avisar a mis superiores del trabajo, me fui a mi país en el primer avión.
Me fui con la firme intención de denunciar a esa mujer que quería matar a su suegra.  Cuando llamé a la policía argelina y les di el nombre de Kabira Zenati me aseguraron que la mujer había fallecido hacía ya tres años.»
El hombre calló. Parecía de repente muy cansado. Y nadie pudo pronunciar una palabra. Era inútil decir cualquier cosa, la verdad.
«Nunca me olvidé de aquella mirada azul fulminante. Pero lo peor es que me quedé con el sentimiento de haber casi matado a una persona. Me pesa sobre el alma como si lo hubiera cumplido. Y ahora, señores, permítanme que cierre los ojos un ratito»
Y cerró los ojos.
La lluvia había cesado. Y la calma volvió al compartimento. Los demás sacaron sus móviles. Y yo miré por la ventana. Era una noche negra. Y me dije que así, sin luz, no importaba de qué lado del tren uno está sentado. Que la nada no tiene contradirección. Y me vino muy bien cerrar los ojos también.

Fatine Sebti.
Rabat, marzo-abril de 2018.
Ejercicio inspirado en el cuento “Historia del señor Jefries y Nassin el egipcio” de Roberto Arlt.

RECITAL 9 DE JUNIO DE 2017

RECITAL 9 DE JUNIO DE 2017
Cantando los versos de José Martí.

RECITAL 9 DE JUNIO DE 2017

RECITAL 9 DE JUNIO DE 2017
Iman y Anastasio recitando a Mario Benedetti. Mohammed a la guitarra.

RECITAL 9 DE JUNIO DE 2017

RECITAL 9 DE JUNIO DE 2017
Manal, Ahlam y Assia recitando a Oliverio Girondo.

RECITAL 9 DE JUNIO DE 2017

RECITAL 9 DE JUNIO DE 2017
Rkia recitando a Delmira Agustini

RECITAL 9 DE JUNIO DE 2017

RECITAL 9 DE JUNIO DE 2017
Bahia recitando a Alfonsina Storni.

RECITAL 9 DE JUNIO DE 2017

RECITAL 9 DE JUNIO DE 2017
Laura & Mohamed y Mohamed & Laura cantando a Alfonsina Storni.

Ensayando para el Día E junio 2015

Ensayando para el Día E junio 2015
Grupo del Taller de Lectura y escritura 2015

Recital 18 de junio de 2016

Recital 18 de junio de 2016
21.00 Instituto Cervantes de Rabat

Bahia. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA

Bahia. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA
Recital del 24 de abril de 2015

PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA

PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA
Viernes, 24 de abril de 2015, 19.00 -INSTITUTO CERVANTES DE RABAT -

Aïcha. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA

Aïcha. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA
Recital del 24 de abril de 2015

Iman.PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA

Iman.PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA
Recital del 24 de abril de 2015

Fatima. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA

Fatima. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA
Rabat, 24 de abril de 2015.

Abdellah. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA

Abdellah. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA
Viernes, 24 de abril de 2015

Rkia. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA

Rkia. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA
Viernes, 24 de abril de 2015

Lectura del Taller. 23 de abril de 2010

Lectura del Taller. 23 de abril de 2010
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Lectura del Taller. 19 de junio de 2010

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La lectura

Lectura del Taller. 23 de abril de 2010.

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Lectura del Taller.19 de junio de 2010

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LOS ESCRITORES DEL BLOG...

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Aixa, Abdellah, Rkia y Abdelkrym (abril de 2013)

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Aixa, Anastasio, Rkia y Abdelkrym (abril de 2013)

Alumnos del Taller

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Tras la clase. Diciembre de 2010

A ORILLAS DEL BU REGREG...

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... IMÁGENES QUE FLUYEN... (Fotografía cedida por Abdellah El Hassouni)